Y así, con la llegada del internet y el “boom” de las redes sociales, o comunidades virtuales, término que considero más apropiado, fuimos apagando nuestras voces, nos convencimos de que con un post, un tuit o un estatus ayudamos a cambiar nuestra sociedad.
Peleamos por nuestras causas desde el confort del sofá de nuestra sala familiar o la silla de oficina. Los escenarios de la manifestación ahora son otros. Abandonamos las avenidas y parques que invadían nuestros indignados padres y abuelos, y los cambiamos por un teclado luminoso y una pantalla de doce a quince pulgadas. Desde ahí, desde esa diminuta placita de LCD, pretendemos cambiar nuestro entorno y defender todo aquello en lo que creemos.
Cambiamos las calles por timelines de Twitter, las paredes de los palacios de gobierno por muros de Facebook, reemplazamos las pancartas con tuits, los altavoces con podcasts, las cacerolas con cuentas de FlipZu y las latas de pintura en aerosol por un cursor. Nos convencimos de que defender nuestra causa con un reply es suficiente, de que enviar una cadena de BlackBerry nos liberará de otra. Cuando cerramos la laptop damos por cerrada la lucha… hemos cumplido como ciudadanos virtuales.
Hay que reconocer que el cambio empieza por la mentalidad, y algunos tuits, estatus de Facebook, fotos y columnas en blogger y Tumblr, son síntomas de un cambio de línea de pensamiento. Quizá es tan solo un porcentaje ínfimo de las manifestaciones de expresión en las comunidades virtuales, pero, el árbol cuando es semilla también se ve muy pequeño.
Aún así, la famosa “Primavera Arabe” no se cultivó en timelines ni en los servidores de Google o Amazon, se cultivó y cosechó en calles, mercados y plazas polvorientas; las redes sociales tan solo fueron un medio para aglomerarse, para ponerse de acuerdo y levantar la mirada del monitor o la pantalla del smartphone y salir a la luz del sol.
Por estas latitudes vivimos el “Invierno Latino”, cómodamente refugiados al calor de las baterías de nuestras computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes, abrigando nuestra conciencia con una bufanda tejida con miles de millones de caracteres. No nos hemos aburrido del rostro de un dictador paternal porque, quien de verdad dicta y manda nos cambia ese rostro cada 4 o 6 años. Y así, con cada cambio de presidente, pero no de gobierno, renace ingenuamente la esperanza, que tiene más vidas que Fidel Castro.
Lo que a mí más me divierte y entretiene de todo esto, es que en el Twitter, por ejemplo, medio al que yo veo como un juguete interactivo, la mayoría son aquellos que lejos de luchar por causas nobles o de trascendencia social, defienden a capa y espada a ese artista que jamás les daría un centavo si los viera tirados en la calle pidiendo limosna, los que pelean por que alguien dijo algo inadecuado sobre su consola de videojuegos, los que maldicen por defender el honor de un equipo de fútbol que jamás pondrá un pie en su país o peor aún, los que jamás han puesto el culo en una butaca del estadio que para ellos es sagrado. Lloran la muerte por sobredosis de millonarios drogadictos, cuando a algunas horas de su casa seguramente hay un niño padeciendo la más desgraciada de las muertes a manos del hambre. Piden respeto para gente célebre que no se respetó a si misma ni a su familia. Se indignan cuando se “falta el respeto” a grandes sabios e innovadores, que no les darían gratis ni la hora. Esos que a falta de realización y logros personales alimentan su ego del éxito ajeno. Esos, tan pobres, que solo ídolos tienen.
“Twitter, facebook y Televisa son armas de distracción masiva” dice un tuit que leí alguna vez. Yo lo llevaría más lejos: Internet, que aglomera todos los medios que antes conocimos, T.V., cine, radio e impresos, es la verdadera arma de distracción masiva...
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