Es común pensar en los sorprendentes contrastes que tiene el mundo, en las cosas que, aunque son diametralmente opuestas, coexisten en un mismo ambiente sin pelearse: policías y narcos en la misma nómina, reguetoneros y “mirreyes” gritando juntos en un juego del América, machos y “no-tan-machos” cantando en un concierto de Juan Gabriel, etcétera.
Siguiendo este orden de ideas, llevo rato con una idea en la cabeza, que conforme veo las noticias y las cosas que pasan se me fija un poco más. Y esa idea es que esta generación vive en dos mundos diferentes al mismo tiempo o, más bien, dos versiones de la realidad, que nunca se tocan, que de hecho no quieren tocarse, porque una le produce asco a la otra y viceversa. Me explico.
En una cara de la moneda, un señor se avienta desde la estratósfera para demostrar… (inserte aquí lo que sea) en un proyecto que costó 50 millones de euros. Cincuentapinchesmillones. ¿Sabe usted para qué alcanza con 50 millones? Es equivalente a toda la inversión de educación de Tamaulipas… o a la ayuda económica ofrecida por EU a Siria. Así es, todo este dineral para aventar a un fulano desde muy altote para que cayera en un llano y ya, no pasara nada.
En esta misma cara de la moneda, el debate presidencial de una de las principales potencias del mundo (tú sabes quién eres) se centra en la posible cancelación del programa Plaza Sésamo, en lugar de los bombardeos por aviones no tripulados y una asistencia médica peor que la del IMSS… bueh, casi.
Estas manifestaciones son tremendamente celebradas y ocupan las primeras planas de todos los periódicos, los “likes” de todos los muros y los comentarios de todas las redes sociales. Sólo hace falta ver las noticias más leídas de cualquier periódico online y veremos “Anahí enseña una chichi por accidente” o “Justin Bieber vomita en el escenario”, puro “periodismo de altura”, pues.
Los que no gozan de tanto eco son esos casos aburridos, donde las luchas duran mucho y la justicia nomás no triunfa, y menos en medios nuevos para los que no existe regulación alguna, y por lo tanto no hay mucha justicia qué hacer.
Hablo de los blogueros, tuiteros y gente común que, por expresar su opinión en un medio electrónico (repito: medio electrónico) han sido víctimas de torturas, amenazas, calumnias, persecuciones y hasta violencia extrema. Sí, así de ridículo como suena. Les presento algunos casos.
Uno de los más sonados es el de la bloguera cubana Yoani Sánchez, quien fue capturada por agentes que nunca se identificaron y tampoco traían una orden de arresto. Yoani estuvo más de 30 horas en una celda sin probar bocado ni tomar agua, todo para evitar que asistiera al juicio de Ángel Carromero, acusado de homicidio imprudente por la muerte del líder opositor Oswaldo Payá (un saludo a los cyber-socialistas que piensan que tendrán libertad y 3G en el régimen, son mi paradoja favorita, muchachos).
Después está el caso de Anonymous-Assange. Es de todos conocida la saga del James Bond de la información clasificada, pero lo que no lo es tanto es que los anónimos enmascarados decidieron dejar de respaldar a Wikileaks, argumentando que “se ha vuelto el show de Julian Assange”, con eso de que ahora la página pone un video de Obama en el que piden suspender la persecución del guapo líder, y no se puede entrar si no se recomienda o da “like”.
Por lo general, los Anonymous me parecen un poco exagerados en sus declaraciones, pero temo que esta vez estoy de acuerdo: sí, hay persecución del líder, pero desde el momento en que recibe a Lady Gaga, me suena más a Oprah que a Orson Welles.
Por último, el más triste de todos, el de la niña de 14 años a la que el régimen talibán dio un disparo porque escribió en su blog acerca de ir al escuela. Malala ya era conocida en el extranjero por su blog en urdú de la página web de la BBC desde 2009, cuando con apenas 11 años denunciaba los actos de violencia cometidos por los talibanes que incendiaban escuelas para niñas y asesinaban a sus opositores en el valle del Swat.
Aunque parezca cosa de película, así es. Vivimos en un mundo en donde la gente es arrestada, perseguida o baleada por decir lo que la prensa no dice.
Pero bueno, si somos lo que leemos, me temo que somos el trasero de Kim Kardashian...
Kim Kardashian
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